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Toda lectura implica una colaboracion y casi
una complicidad. En
el Fausto, debemos admitir que un gaucho pueda seguir el argumento
de una opera cantada en un idioma que no conoce; en el Martin Fierro,
un vaiven de bravatas y de quejumbres, justificadas por el proposito
politico de la obra, pero del todo ajenas al indole sufrida de los
paisanos y a los
precavidos modales del payador.
En el modesto, caso de mis milongas, el lector
debe suplir la
musica ausente por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral
de su zaguan o en un almacen, acompañandose con la guitarra.
La mano se demora en las cuerdas y las palabras cuentan menos que
los acordes.
He querido eludir la sensibleria del inconsolable
"tango-cancion"
y el manejos systematico del lunfardo, que infunde un aire artificioso
a
las sencillas coplas.
Que yo sepa, ninguna otra aclaracion requieren estos versos.
J.L.B.
Buenos Aires, junio de 1965.
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