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"Hay días en que me levanto con
una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades
de una vida más humana están al alcance de nuestras
manos. Este es uno de esos días.
Y, entonces, me he puesto a escribir casi a tientas en la madrugada,
con urgencia, como quien saliera a la calle a pedir ayuda ante la
amenaza de un incendio, o como un barco que, a punto de desaparecer,
hiciera una última y ferviente seña a un puerto que
sabe cercano pero ensordecido por el ruido de la ciudad y por la
cantidad de letreros que le enturbian la mirada.
Todavía podemos aspirar a la grandeza. Nos pido ese coraje.
Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla
y es la convicción de que -únicamente- los valores
del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza
la condición humana.
Mientras les escribo, me he detenido a palpar una rústica
talla que me regalaron los tobas y que me trajo, como un rayo a
mi memoria, una exposición "virtual" que me mostraron
ayer en una computadora. Debo reconocer que me pareció cosa
de Mandinga, porque a medida que nos relacionamos de manera abstracta
más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia
metafísica se adueña de nosotros, mientras toman poder
entidades sin sangre ni nombres propios. Trágicamente, el
hombre está perdiendo el diálogo con los demás
y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí
donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos
de la vida."
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