 |
Obras
Poemas:
Rueda el cielo
Rueda el cielo-que no concuerde
su intento y el grácil tiempo-
a recorrer la posesión del clavel
sobre la nuca más fría
de ese alto imperio de siglos.
Rueda el cielo-el aliento le corona
de agua mansa en palacios
silenciosos sobre el río-
a decir su imagen clara.
Su imagen clara.
Va el cielo a presumir -
los mastines desvelados contra el viento-
de un aroma aconsejado.
Rueda el cielo
sobre ese aroma agolpado
en las ventanas,
como una oscura potencia
desviada a nuevas tierras.
Rueda el cielo
sobre la extraña flor de este cielo,
de esta flor,
única cárcel:
corona sin ruido.

Ah, que tú escapes
Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
Son diurno
Ahora que ya tu calidad es ardiente y dura,
como el órgano que se rodea de un fuego
húmedo y redondo hasta el amanecer
y hasta un ancho volumen de fuego
respetado. Ahora que tu voz no es la importuna caricia
que presume o desordena la fijeza de un estío
reclinado en la hoja breve y difícil
o en un sueño que la memoria feliz
combaba exactamente en sus recuerdos,
en sus últimas ,playas desoídas.
¿Dónde está lo que tu mano prevenía
y tu respiración aconsejaba?
Huida en sus desdenes calcinados
son ya otra concha,
otra palabra de difícil sombra.
Una oscuridad suave pervierte
aquella luna prolongada en sesgo
de la gaviota y de la línea errante.
Ya en tus oídos y en sus golpes duros
golpea de nuevo una larga playa
que va a sus recuerdos y a la feliz
cita de Apolo y la memoria mustia.
Una memoria que enconaba el fuego
y respetaba el festón de las hojas al nombrarlas
el discurso del fuego acariciado.
Una oscura pradera me convida
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
No hay que pasar
I
No hay que pasar puentes de conchas de desprecios
de recomenzar la búsqueda de las vihuelas crecidas
o por más señas un brazo redoblante a castillo cerrado
a traspiés de araña que presagiaban los lotos
voy atravesando festones descolgados escamas destrenzadas
mandando en las planicies bajo arco de boca moribunda
y boquiabiertos presagios que mueven la corteza a desmayo
el agua a fresa nivelada y el latido a salto alto
por ahora silenciosos quilates del timbre y embates despertados
entre crisis de plateados placeres que chilla la pecera
y las escamas y la más aislada hebra que asciende
hasta confinar con la concha que ve sonar lo rubio
a impulsos de los ojos tirados contra la pared cariciosa
a rendijas de otoño por ahora no te creo crecida
ni olvidada intrusa rubí decaído en hilo por escamas furiosas.
II
Mi mano de mármol gris mis olvidos o mi sola alma
la navegación a medianoche hasta abrirse las tijeras
y destruirse la rosa para dar cinco campanadas
destruirse la rosa al pulsar el pájaro sin destruirse
ni hundirse si resbalan violines o perros al septentrión
o lo que ya cae en agua desluce su amargura
y la medialuna se entierra y el balcón escampa por primera vez
dime olvídame o deja de inclinar la torre y su sonrisa
y su plumón irisado acompasa el destilar del túmulo
por última vez el vidrio espolvorea las herraduras no las rosas
no las sortijas voladoras cuando el mármol descorre
cuando el mármol detiene una mirada fatal
o el inmoderado moribundo en azul, rubio oscuro
destruye el mármol o la mujer viajera colorea
sus estanques que se reafirme porque la torre muere y chorrea
o que franjas de mármol de cuchillo y mi alma mojada.
¿No sabes que las puertas abiertas voltean los perros lanudos mirando
al septentrión?
Madrigal
El tallo de una rosa se ha encolerizado con las avispas
que impedían que su cintura fuese y viniese con las mareas
cuando estaba tan tranquila en las graderías de un templo
y un marinero llamado por la palabra marea
se ha unido la los clamores de alfileres sin sueño
y le ha dado un fuerte pellizco al tallo de una rosa
lo que no merecía lo que no alcanzaba en su sonrisa
en su cítara en su respiración tornasolada
la cólera de un marinero
mil manos que se alzaban en el remedo de un beso
en esta pirámide de besos
para que en lo alto más despacio más pañuelo más
señorita
una rosa una rosa
que no puede aislar ni unas cuantas avispas encolerizadas
que la han vencido que se le han: pegado tenazmente a los flancos
y ya son ramita entre dos recuerdos.
Desconchamiento de lunas que no vienen
sus escamas de otoño
pero el niño que se ha quedado detenido frente a los encantamientos
de un caballo blanco
se apresura en su dulce memoria de lunares
a evocar sus regalos para ingresar en la nieve
entre dos recuerdos de aire pulsado entre dos conchas
que recorren un hilo de sienes de sien a sien
como entre dos recuerdos
un dedo besado atormentado desnudado
una muchedumbre de Perseos enlunados
que esperan a los más crecidos cazadores de medianoche
porque ha llegado el día que no se alcanza con media docena de
cítaras
redondas espinas siempre festón de nieve enhebrado
que se adelantan con la crecida del aire
de dos conchas entre dos recuerdos
entrecortados silbidos en las graderías de un templo
hasta el instante en que es la sangre de hoy
hojas del recuerdo en las ventanas de las joyerías
ojos que miran cómodamente la avispa mordiendo el tallo de una
rosa
para negártelo en el aire guante fronda lenta flauta
la misma rosa que ha inclinado su frente para recoger tu pañuelo
y esconderlo hasta que pasen los cazadores de medianoche.
Textos:
El reino de este mundo
Inútil para trabajos mayores, Mackandal fue destinado a guardar
el ganado. Sacaba la vacada de los establos antes del alba, llevándola
hacia la montaña en cuyos flancos de sombra crecía un pasto
espeso, que guardaba el rocío hasta bien entrada la mañana.
Observando el lento desparramo de las bestias que pacían con los
tréboles por el vientre , se le había despertado un raro
interés por la existencia de ciertas plantas siempre desdeñadas.
Recostado a la sombra de un algarrobo, apoyándose en el codo de
su brazo entero, forrajeaba con su única mano entre las yerbas
conocidas en busca de todos lo engendros de la tierra cuya existencia
hubiera desdeñado hasta entonces...La mano traía alpistes
sin nombre, alcaparras de azufre, ajíes minúsculos....Había
una enredadera que provoca escozores y otra que hinchaba la cabeza de
quien descansara a su sombra. Pero ahora Mackandal se interesaba m ás
aún por lo hongos..
Un día agarraron un perro en celo que pertenecía a las jaurías
de Leonormand de Mezy. Mientras Ti Noel a horcajadas sobre él,
le sujetaba la cabeza por las orejas, Mackandal le frotó el hocico
con una piedra que el zumo de un hongo había teñido de ama
rillo claro. El perro contrajo los músculos. Su cuerpo fue sacudido
enseguida , por violentas convulsiones , cayendo sobre el lomo, con las
patas tiesas y los colmillos de fuera. Aquella tarde, al regresar a la
hacienda , Mackandal se detuvo largo rato a contemplar los trapiches,
los secaderos de cacao y café, el taller de la añileria,
las fraguas, los aljibes y bucanes.- Ha llegado el momento-dijo.
De pronto, todos los abanicos se cerraron a un tiempo. Hubo un gran silencio
en las cajas militares. Con la cintura ceñida por un calzón
rayado,cubierto de cuerdas y de nudos, lustros de lastimaduras frescas,
Mackandal avanzaba hacia el centro de la plaza..
Mackandal estaba ya adosado al poste de torturas. El verdugo había
agarrado un rescoldo con las tenazas. Repitiendo un gesto estudiado la
víspera frente la espejo, el gobernador desenvainó su espada
de corte y dio orden de que se cumpliera la sentenci a. El fuego comenzó
a subir hacia el manco, sollamándole las piernas. En ese momento,
Mackandal agitó su muñon que no habían podido atar,
en un gesto conminatorio que no por menos menguado era más terrible,
aullando conjuros desconocidos y echando violent amente el torso hacia
adelante. Sus ataduras cayeron por sobre las cabezas, antes de hundirse
en las ondas negras de la masa de esclavos...

El siglo de las luces
Detrás de él en acongojado diapasón, volvía
el Albacea a su recuento de responsos,crucero, ofrendas,vestuario,blandones,bayetas
y flores, obituario, y réquiem, sin que la idea de la muerte acabara
de hacerse lúgubre a bordo de aquella barca que cruzaba la bahía
bajo un tórrido sol de media tarde, cuya luz rebrillaba en todas
las olas, encandilando por la espuma y la burbuja, quemante en descubierto,
quemante bajo el toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable
para las manos que buscabana un descanso en las bordas. Env uelto en sus
improvisados lutos que olían a tinta de ayer, el adoslecente miraba
la ciudad .....
Mucho les había afectado la muerte del padre, ciertamente. Y sin
embargo, cuando se vieron solos, a la luz del día, en el largo
comedor de los bodegones embetunados-faisanes, y liebres entre uvas, lampreas
con frascos de vino, un pastel tan tostado que daban ganas de hincarle
el diente-hubieran podido confesarse que una deleitosa sensación
de libertad los emperezaba en torno a una comida encargada al hotel cercano-por
no habe rse pensado el mandar gente al mercado. Remigio había traído
bandejas cubiertas de paños, bajo los cuales aparecieron pargos
almendrados, mazapanes, pichones a la crapaudine, cosas trufadas y confitadas,
muy distintas de los potajes y carnes mechadas que componian el ordinario
de la mesa. Sofía había bajado de bata, divert ida en probarlo
todo, en tanto Esteban renacía al calor de una garnacha que Carlos
proclamaba excelente...
...Si extraño-forastero- se había sentido Esteban al entrar
nuevamente en su casa, mas extraño,- mas forastero aún-se
sentía ante la mujer harto reina y señora. de esa misma
casa donde todo, para su gusto, estaba demasiado bien arr eglado, demasiado
limpio, demasiado resguardado contra golpes y daños."Todo
huele aquí a irlandés", se dijo Esteban, pidiendo permiso(eso:"pidiendo
permiso"), para darse un baño, baño a donde lo acompaño
Sofía, por costumbre, quedándose a charlar con él
hasta que sólo le faltara quitarse el último calzón."Tanto
misterio con lo que yo he visto tantas veces, dijo ella riendo al tirarale
un jabón de Castilla por encima de la mampara. Almorzaron solos,
luego de que Esteban , dándose una vuelta por la cocina y despensa,
hubiese abrazado a Rosaura y Remigio, alborotados y alborozados , iguales
a como los dejara:ella en salerosa estampa, él en indefi nida media
edad de negro destinado a correr un siglo cabal de vida en los reinos
de este mundo.
El camino de Santiago
I
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda -el suyo, terciado
en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas-, cuando le llamó
la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa
de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer
le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo
había de parecerle un tanto aneblado -aneblado como lo estaba ya
por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba
por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia
luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo,
aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma
de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala
suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos;
tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos
sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí,
allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso,
en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse,
en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre
paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos
hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal
de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había
arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el
contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres
parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen
blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban
enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el
desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de
pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el
crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado,
aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en
medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta.
Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras
quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela,
hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en
el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues,
lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios
caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo
un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las
Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos,
tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda,
en alguna huerta de moros bautizados -que nadie los aventajaba en eso
de hacer portentos con las matas-, antes de desafiar tormentas y bajeles
enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el
palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos
polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban
a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no
les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos,
sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia
y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo
indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban
ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza
de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que
tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así,
cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza
de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando
que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles
de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa
de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil
del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas
por los antiguos. "¿Sirenas?"-había gritado poco
antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía
zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. "¿Sirenas?
¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!"
Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que
se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por
temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y
denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados
a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían
las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia.
Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados
que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino
deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan
volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En
aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba
a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta
de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que
le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había
detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una
ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al
sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para
irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de
los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del
forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro
del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados
de la compañía coreaban unas coplas que ponían a
las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas.
Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un
repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza,
y el relincho de un garañón que sonó en la nave de
los luteranos como la misma risa de Belcebú.
II
Creyóse, en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era
raro en gente venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no
eran tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron
en vómitos de sangre, Juan empezó a tener miedo. A todas
horas se palpaba los ganglios donde suele hincharse el humor del mal francés,
esperando encontrárselos como rosario de nueces. Y a pesar de que
el cirujano se mostraba dudoso en cuanto a pronunciar el nombre de una
enfermedad que no se veía en Flandes desde hacía mucho tiempo
a causa de la humedad del aire, sus andanzas por el reino de Nápoles
le hacían columbrar que aquello era peste, y de las peores. Pronto
supo que todos los marineros del barco de los naranjos enanos yacían
en sus camastros, maldiciendo la hora en que hubieran respirado los aires
de Las Palmas, donde el mal, traído por cautivos rescatados de
Argel, derribaba las gentes en las calles, como fulminadas por el rayo.
Y como si el temor al azote fuese poco, la parte de la ciudad donde se
alojaba la compañía se había llenado de ratas. Juan
recordaba, como alimaña de mal agüero, aquella rata hedionda
y rabipelada, a la que había fallado por un palmo, en la pedrada,
y que debía ser algo así como el abanderado, el pastor hereje,
de la horda que corría por los patios, se colaba en los almacenes,
y acababa con todos los quesos de aquella orilla. El aposentador del soldado,
pescadero con trazas de luterano, se desesperaba, cada mañana,
al encontrar sus arenques medio comidos, alguna raya con la cola de menos
y la lamprea en el hueso, cuando un bicho inmundo no estaba ahogado, de
panza arriba, en el vivero de las anguilas. Había que ser cangrejo
o almeja, para resistir al hambre asiática de aquellas ratas llagadas
y purulentas, venidas de sabe Dios qué Isla de las Especias, que
roían hasta el correaje de las corazas y el cuero de las monturas,
y hasta profanaban las hostias sin consagrar del capellán de la
compañía. Cuando un aire frío, bajado de los pastos
anegados, hacía tiritar el soldado en el desván bajo pizarra
que tenía por alojamiento, se dejaba caer en su catre, gimoteando
que ya se le abrasaba el pecho y le dolían las bubas, y que la
muerte sería buen castigo por haber dejado la enseñanza
de los cantos que se destinan a la gloria de Nuestro Señor, para
meterse a tambor de tropa, que eso no era arte de cantar motetes, ni ciencia
del Cuadrivio, sino música de zambombas, pandorgas y castrapuercos,
como la tocaban, en cualquier alegría de Corpus, los mozos de su
pueblo. Pero, con un parche y un par de vaquetas se podía correr
el mundo, del Reino de Nápoles al de Flandes, marcando el compás
de la marcha, junto al trompeta y al pífano de boj. Y como Juan
no se sentía con alma de clérigo ni de chantre, había
trocado el probable honor de llegar a ingresar, algún día,
en la clase del maestro Ciruelo, en Alcalá, por seguir al primer
capitán de leva que le pusiera tres reales de a ocho en la mano,
prometiéndole gran regocijo de mujeres, vinos y naipes, en la profesión
militar. Ahora que había visto mundo, comprendía la vanidad
de las apetencias que tantas lágrimas costaran a su santa madre.
De nada le había servido repicar la carga en el fuego de tres batallas,
desafiando el trueno de las lombardas, si la muerte estaba aquí,
en este desván cuyos ventanales de cristales verdes se teñían
tan tristemente con los fulgores de las antorchas de la ronda, al son
de aquel tambor velado, tan mal tocado por esos flamencos de sangre de
lúpulo que nunca daban cabalmente con el compás. La verdad
era que Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y
de las bubas hinchadas, para que Dios, compadecido de quien se creía
enfermo, no le mandara cabalmente la enfermedad. Pero, de súbito,
un horrible frío se le metía en el cuerpo. Sin quitarse
las botas, se acostó en el catre, echándose una manta encima,
y encima de la manta un edredón. Pero no era una manta, ni un edredón,
sino todas las mantas de la compañía, todos los edredones
de Amberes, los que le hubiesen sido necesarios, en aquel momento, para
que su cuerpo destemplado hallara el calor que el Rey Salomón viejo
tratara de encontrar en el cuerpo de una doncella. Al verlo temblar de
tal suerte, el pescadero, llamado por los gemidos, había retrocedido
con espanto, bajando las escaleras llenas de ratas, a los gritos de que
el mal estaba en la casa, y que esto era castigo de católicos por
tanta simonia y negocios de bulas. Entre humos vio Juán el rostro
del cirujano que le tentaba las ingles, por debaio del cinturón
desceñido, y luego fue, de repente, en un extraño redoble
de cajas-muy picado, y sin embargo tenido en sordina-la llegada portentosa
del Duque de Alba.
Venía solo, sin séquito, vestido de negro, con la gola tan
apretada al cuello, adelantándole la barba entrecana, que su cabeza
hubiera podido ser tomada por cabeza de degollado, llevada de presente
en fuente de mármol blanco. Juan hizo un tremendo esfuerzo por
levantarse de la cama, parándose como correspondía a un
soldado, pero el visitante saltó por sobre el edredón que
lo cubría, yendo a sentarse del otro lado, sobre un taburete de
esparto, donde había varios frascos de barro. Los frascos no cayeron
ni se rompieron, aunque un olor a ginebra se esparciera por el cuarto,
como un sahumerio de sinagoga. Afuera sonaban confusas trompetas, revueltas
en gran desconcierto, desafinadas, como tiritándoles las notas,
en el mismo frío que tenía tableteando los dientes del enfermo.
El Duque de Alba, sin desarrugar un ceño de quemar luteranos, sacó
tres naranjas que le abultaban bajo el entallado del jubón, y empezó
a jugar con ellas, a la manera de los titiriteros, pasándoselas
de mano a mano, por encima del peinado a la romana, con sorprendente presteza.
Juan quiso hacer algún elogio de su pericia en artes que se le
desconocían, llamándolo, de paso, León de España,
Hércules de Italia y Azote de Francia, pero no le salían
las palabras de la boca. De pronto, una violenta lluvia atamborileó
en las pizarras del techo. La ventana que daba a la calle se abrió
al empuje de una ráfaga, apagándose el candil. Y Juan vio
salir al Duque de Alba en el viento, tan espigado de cuerpo que se le
culebreó como cinta de raso al orillar el dintel, seguido de las
naranjas que ahora tenían embudos por sombreros, y se sacaban unas
patas de ranas de los pellejos, riendo por las arrugas de sus cáscaras.
Por el desván pasaba volando, de patio a calle, montada en el mástil
de un laúd, una señora de pechos sacados del escote, con
la basquiña levantada y las nalgas desnudas bajo los alambres del
guardainfantes. Una ráfaga que hizo temblar la casa acabó
de llevarse a la horrosa gente, y Juan, medio desmayado de terror buscando
aire puro en la ventana, advirtió que el cielo estaba despejado
y sereno. La Vía Láctea, por vez primera desde el pasado
estío, blanqueaba el firmamento.
-¡El Camino de Santiago!-gimió el soldado, cayendo de rodillas
ante su espada, clavada en el tablado del piso, cuya empuñadura
dibujaba el signo de la cruz.
III
Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del bordón,
luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas al cuero,
y la calabaza que sólo carga agua de arroyos. Empieza a colgarle
la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se
le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria
de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas
de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera
para admirar de lejos la santa casa de los monjes clunicenses. Duerme
Juan donde le sorprende la noche, convidado a más de una casa por
la devoción de las buenas gentes, aunque cuando sabe de un convento
cercano, apura un poco el paso, para llegar al toque del Angelus, y pedir
albergue al lego que asoma la cara al rastrillo. Luego de dar a besar
la venera, se acoge al amparo de los arcos de la hospedería, donde
sus huesos, atribulados por la enfermedad y las lluvias tempranas que
le azotaron el lomo desde Flandes hasta el Sena, sólo hallan el
descanso de duros bancos de piedra. Al día siguiente parte con
el alba, impaciente por llegar, al menos, al Paso de Roncesvalles, desde
donde le parece que el cuerpo le estará menos quebrantado, por
hallarse en tierra de gente de su misma lana. En Tours se le juntan dos
romeros de Alemania, con los que habla por señas. En el Hospital
de San Hilario de Poitiers se encuentra con veinte romeros más,
y es ya una partida la que prosigue la marcha hacia las Landas, dejando
atrás el rastrojo del trigo, para encontrar la madurez de las vides.
Aquí todavía es verano, aunque se cumplen faenas de otoño.
El sol demora sobre las copas de los pinos, que se van apretando cada
vez más, y entre alguna uva agarrada al paso, y los descansos de
mediodía que se hacen cada vez más largos, por lo oloroso
de las hierbas y el frescor de las sombras, los romeros se dan a cantar.
Los franceses, en sus coplas, hablan de las buenas cosas a que renunciaron
por cumplir sus votos a Saint Jacques; los alemanes garraspean unos latines
tudescos, que apenas si dejan en claro el Herru Sanctiagu! Got Sanctiagu!
En cuanto a los de Flandes, más concertados, entonan un himno que
ya Juan adorna de contracantos de su invención: "¡Soldado
de Cristo, con santas plegarias, a todos deñendes, de suertes contrarias!"
Y así, caminando despacio, llevando fila de más de ochenta
peregrinos, se llega a Bayona, donde hay buen hospital para espulgarse,
poner correas nuevas a las sandalias, sacarse los piojos entre hermanos,
y solicitar algún remedio para los ojos que muchos, a causa del
polvo del camino, traen legañosos y dañados. Los patios
del edificio son hervideros de miserias, con gente que se rasca las sarnas,
muestra los muñones, y se limpia las llagas con el agua del aljibe.
Hay quien carga lamparones que no sanaron ni con el tocamiento del Rey
de Francia, y otro que jinetea un banco para descansar del estorbo de
partes tan hinchadas, que parecen las verijas del gigante Adamastor. Juan
el Romero es de los pocos que no solicitan remedios. El sudor que tanto
le ha pringado el sayal cuando se andaba al sol entre viñas, le
alivió el cuerpo de malos humores. Luego, agradecieron sus pulmones
el bálsamo de los pinos, y ciertas brisas que, a veces, traían
el olor del mar. Y cuando se da el primer baño, con baldes sacados
del pozo santificado por la sed de tantos peregrinos, se siente tan entonado
y alegre, que va a despacharse un jarro de vino a orillas del Adur, confiando
en que hay dispensa para quien corre el peligro de resfriarse luego de
haberse mojado la cabeza y los brazos por primera vez en varias semanas.
Cuando regresa al hospital no es agua clara lo que carga su calabaza,
sino tintazo del fuerte, y para beberlo despacio se adosa a un pilar del
atrio. En el cielo se pinta siempre el Camino de Santiago. Pero Juan,
con el vino aligerándole el alma, no ve ya el Campo Estrellado
como la noche en que la peste se le acercara con un tremebundo aviso de
castigo por sus muchos pecados. A tiempo había hecho la promesa
de ir a besar la cadena con que el Apostol Mayor fuese aprisionado en
Jerusalem. Pero ahora, descansado, algo bañado, con piojos de menos
y copas de más, empieza a pensar si aquella fiebre padecida sería
cosa de la peste, y si aquella visión diabólica no sería
obra de la fiebre. El gemido de un anciano con media cara comida por un
tumor, que yace a su lado, le recuerda al punto que los votos son votos,
y metiendo la cabeza en el rebozo de la esclavina, se regocija pensando
que llegará con el cuerpo sano, donde otros otros prosternarán
sus llagas y costras, luego de pasarlas, inseguros aún del divino
remiendo, bajo el arco de la Puerta Francina. La salud recobrada le hace
recordar, gratamente, aquellas mozas de Amberes, de carnes abundosas,
que gustaban de los flacos españoles, peludos como chivos, y se
los sentaban en el ancho regazo, antes del trato, para zafarles las corazas
con brazos tan blancos que parecían de pasta de almendras. Ahora
sólo vino llevará el romero en la calabaza que cuelga de
los clavos de su bordón.
IV
El camino de Francia arroja al romero, de pronto, en el alboroto de una
feria que le sale al paso, entrando en Burgos. El ánimo de ir rectamente
a la catedral se le ablanda al sentir el humo de las frutas de sartén,
el olor de las carnes en parrilla, los mondongos con perejil, el ajimójele,
que le invita a probar, dadivosa, una anciana desdentada, cuyo tenducho
se arrima a una puerta monumental, flanqueada por torres macizas. Luego
del guiso, hay el vino de los odres cargados en borricos, más barato
que el de las tabernas. Y luego es el dejarse arrastrar por el remolino
de los que miran, yendo del gigante al volatinero, del que vende aleluyas
en pliego suelto, al que muestra, en cuadros de muchos colores, el suceso
tremendo de la mujer preñada del Diablo, que parió una manada
de lechones en Alhucemas. Allí promete uno sacar las muelas sin
dolor, dando un paño encarnado al paciente para que no se le vea
correr la sangre, con ayudante que golpea la tambora con mazo, para que
no se le oigan los gritos; allá se ofrecen jabones de Bolonia,
unto para los sabañones, raíces de buen alivio, sangre de
dragón. Y es el estrépito de siempre, con la fritura de
los buñuelos, y el desafinado de las chirimlas, con algún
perro de jubón y gorro, que viene a pedir limosna para el pobre
tullido caminando en las patas traseras, como cristiano. Cansado de verse
zarandeado, Juan el Romero se detiene, ahora, ante unos ciegos parados
en un banco, que terminan de cantar la portentosa historia de la Arpía
Americana, terror del cocodrilo y el león, que tenía su
hediondo asiento en anchas cordilleras e intrincados desiertos:
-Por una cuantiosa suma
La ha comprado un europeo,
Y con ella se vino a Europa;
En Malta desembarcóla,
Desde allí fue al país griego,
Y luego a Constantinopla,
Toda la Tracia siguiendo.
Allí empezó a no querer
Admitir los alimentos,
Tanto que a las pocas semanas
Murió rabiando y rugiendo.
CORO: Este fin tuvo la Arpía
Monstruo de natura horrendo,
Ojalá todos los monstruos
Se murieran en naciendo.
Por no dar limosna, los que escuchaban en segunda fila se escurren prestamente,
riendo de los ciegos que descargan su enojo en la prosapia de los tacaños;
pero otros ciegos les cierran el paso un poco más lejos, cerca
de donde se representa, en retablo de títeres, el sucedido de los
moros que entraron en Cuenca disfrazados de carneros. Escapando de la
Arpía Americana, Juan se ve llevado a la Isla de Jauja, de la que
se tenían noticias, desde que Pizarro hubiera conquistado el Reino
del Perú. Aquí los cantores tienen la voz menos rajada,
y mientras uno ofrece oraciones para las mujeres que no paren, el jefe
de los otros, ciego de grande estatura, tocado por un sombrero negro,
bordonea con larguísimas uñas en su vihuela, dando fin al
romance:
-Hay en cada casa un huerto
De oro y plata fabricado
Que es prodigio lo que abunda
De riquezas y regalos.
A las cuatro esquinas de él
Hay cuatro cipreses altos:
El primero de perdices,
El segundo gallipavos,
El tercero cría conejos
Y capones cría el cuarto.
Al pie de cada ciprés
Hay un estanque cuajado
Cual de doblones de a ocho,
Cual de doblones de a cuatro.
Y ahora, dejando la tonada de la copla para tomar empaque de pregonero
de levas, concluye el ciego con voz que alcanza los cuatro puntos de la
feria, alzando la vihuela como estandarte:
-¡Ánimo, pues, caballeros,
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables buenas nuevas,
Albricias, todo cuitado!
¡Que el que quiere partirse
A ver este nuevo pasmo
Diez navíos salen juntos
De Sevilla este año...!
Vuelven a escurrirse los oyentes, otra vez injuriados por los cantores,
y se ve Juan empujado al cabo de un callejón donde un indiano embustero
ofrece, con grandes aspavientos, como traídos del Cuzco, dos caimanes
rellenos de paja. Lleva un mono en el hombro y un papagayo posado en la
mano izquierda. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja encarnada
sale un esclavo negro, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo collares
de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza, fajas de lana
de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del Potosí.
Al reír muestra el negro los dientes extrañamente tallados
en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, y agarrando unas sonajas
se entrega al baile más extravagante, moviendo la cintura como
si se le hubiera desgajado, con tal descaro de ademanes, que hasta la
vieja de las panzas se aparta de sus ollas para venir a mirarlo. Pero
en eso empieza a llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros
-el titiritero con los títeres bajo la capa, los ciegos agarrados
de sus palos, mojada en su aleluya la mujer que parió lechones-,
y Juan se encuentra en la sala de un mesón, donde se juega a los
naipes y se bebe recio. El negro seca al mono con un pañuelo, mientras
el papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un
tonel. Pide vino el indiano, y empieza a contar embustes al romero. Pero
Juan prevenido como cualquiera contra embuste de indianos, piensa ahora
que ciertos embustes pasaron a ser verdades. La Arpía Americana,
monstruo pavoroso, murió en Constantinopla, rabiando y rugiendo.
La tierra de Jauja había sido cabalmente descubierta, con sus estanques
de doblones, por un afortunado capitán llamado Longores de Sentlam
y de Gorgas. Ni el oro del Perú, ni la plata del Potosí
eran embustes de indianos. Tampoco las herraduras de oro, clavadas por
Gonzalo Pizarro en los cascos de sus caballos. Bastante que lo sabían
los contadores de las Flotas del Rey, cuando los galeones regresaban a
Sevilla, hinchados de tesoros. El indiano, achispado por el vino, habla
luego de portentos menos pregonados: de una fuente de aguas milagrosas,
donde los ancianos más encorvados y tullidos no hacían sino
entrar, y al salirles la cabeza del agua, se les veía cubierta
de pelos lustrosos, las arrugas borradas, con la salud devuelta, los huesos
desentumecidos, y unos arrestos como para empreñar una armada de
Amazonas. Hablaba del ámbar de la Florida, de las estatuas de gigantes
vistas por el otro Pizarro en Puerto Viejo, y de las calaveras halladas
en Indias, con dientes de tres dedos de gordo, que tenían una oreja
sola, y ésa, en medio del colodrillo. Había, además,
una ciudad, hermana de la de Jauja, donde todo era de oro, hasta las bacías
de los barberos, las cazuelas y peroles, el calce de las carrozas, los
candiles. "¡Ni que fueran alquimistas sus moradores!",
exclama el romero atónito. Pero el indiano pide más vino
y explica que el oro de Indias ha dado término a las lucubraciones
de los perseguidores de la Gran Obra. El mercurio hermético, el
elixir divino, la lunaria mayor, la calamina y el azófar, son abandonados
ya por todos los estudiosos de Morieno, Raimundo y Avicena, ante la llegada
de tantas y tantas naves cargadas de oro en barras, en vasos, en polvo,
en piedras, en estatuas, en joyas. La transmutación no tiene objeto
donde no hay operación que cumplir en hornacha para tener oro del
mejor, hasta donde alcanza la mano de un buen extremeño, parado
en una estancia de regular tamaño.
Noche es ya cuando el indiano se va al aposento, trabada la lengua por
tanto vino bebido, y el negro sube, con el mono y el papagayo, al pajar
de la cuadra. El romero, también metido en humos yéndose
a un lado y otro del bordón-y, a veces girando en derredor-, acaba
por salirse a un callejón de las afueras, donde una moza le acoge
en su cama hasta mañana, a cambio del permiso de besar las santas
veneras que comienzan a descoserse de su esclavina. Las muchas nubes que
se ciernen sobre la ciudad ocultan, esta noche, el Camino de Santiago.
V
Dice ahora, a quien quiere oírle, que regresa donde nunca estuvo.
Allá quedó Santiago el Mayor y la cadena que le aprisionó
y el hacha que lo decapitó. Por aprovechar las hospederías
de los conventos y su caldo de berzas con pantortas de centeno; por gozar
de las ventajas de las licencias, sigue llevando Juan el hábito,
la esclavina y la calabaza, aunque ésta, en verdad, sólo
carga ya aguardiente. Bien atrás quedó el Camino Francés,
beneficio de otro que, al pasar por Ciudad Real, lo tuvo tres días
pegado a los odres del más famoso vino de todo el Reino. De allí
en adelante nota algo cambiado en las gentes. Poco hablan de lo que ocurre
en Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde
llegan noticias del hijo ausente, del tío que mudó la herrería
a Cartagena, del otro que perdió su plata, por no tenerla registrada.
Hay pueblos de donde han marchado familias enteras; canteros con sus oficiales,
hidalgos pobres, con caballo y los criados. Ahora tocan cajas en todas
las plazas, levando gente para conquistar y poblar nuevas provincias de
la Tierra Firme. Los mesones, los albergues, están llenos de viajeros.
Así, habiendo trocado la venera por la Rosa de los Vientos, llega
Juan el Romero a la Casa de la Contratación, tan olvidado de haber
sido peregrino, que más parece un actor de compañía
desbandada, de los que a falta de dinero, echan mano a las arcas del vestuario,
acabando por ponerse la casaca del bobo de entremés, las bragas
del vizcaino, la cota de Pilato y el sombrero que llevaba Arcadio, el
pastor enamorado de la comedia al estilo italiano, que no gustó.
Poco a poco, haciéndose de unas calzas acá allá de
una capa, cambiando la esclavina por zapatos, regateando al ropavejero,
Juan lucía un atuendo que si en nada recordaba al romero, tampoco
evocaba al soldado de los Tercios de Italia. Además, no era propósito
suyo acudir a la llamada de las levas, pues bien le había advertido
el Indiano que las conquistas a lo Cortés, yéndose en armada,
no era ya lo que mejor aprovechaba. Lo que ahora pagaba en Indias era
el olfato aguzado, la brújula del entendimiento, el arte de saltar
por sobre los demás, sin reparar mucho en ordenanzas de Reales
Cédulas, reconvenciones de bachilleres, ni griterías de
Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la
mano blanda, por tener muy poco que hacer con tantos negros e indios,
escasamente preparados en materia de fe, sabiéndose, además,
que si hubiese empeño en repartir sambenitos, los más se
irían en vestir capellanes culpables del delito de solicitación
en el confesionario; y como la atenuante del impulso repentino era tanto
más válida en tierras calientes, el Santo Oficio americano
había optado, desde el comienzo, por calentar jícaras de
chocolate en sus braseros, sin afanarse en establecer distingos de herejía
pertinaz, negativa, diminuta, impenitente, perjura o alumbrada. Además,
donde no había iglesias luteranas ni sinagogas, la Inquisición
se echaba a dormir la siesta. Podían los negros, a veces, tocar
el tambor ante figuras de madera que olían a pezuña del
diablo. Pero mientras con su pan se lo comieran, los frailes se encogían
de hombros. Lo que molestaba eran las herejías que venían
acompañadas de papeles, de escritos, de libros. Así, después
de agacharse bajo el agua bendita, los negros e indios volvían
muchas veces a sus idolatrías, pero hacían demasiada falta
en las minas, en los repartimientos, para que se les viera, al tenor del
Cuarto Evangelio, como el sarmiento seco que se amontona y arroja al fuego.
De este modo, favoreciéndolo con la merced de su larga experiencia,
el Indiano , lo había recomendado a un cordelero sevillano, cuya
atarazana, repleta de catres y jergones, era posada donde otros aguardaban,
como él, permiso para embarcar en la Flota de la Nueva España,
que en mayo saldría de Sanlúcar con mucha gente divertida
a bordo de las naves. Con el nombre de Juan de Amberes quedaba Juan asentado
en los libros de la Casa de la Contratación -pues no debía
olvidarse que se le esparaba en Flandes, luego de la promesa cumplida-,
entre un Jorge, negro esclavo del Obispo de Tarragona, y uno que demasiado
insistía en no ser hijo de reconciliado, ni nieto de quemado por
herejía. En el mismo folio de asientos desfilaban, a continuación,
un pellejero de la Emperatriz, un mercader genovés llamado Jácome
de Castellón, varios chantres, dos polvoristas, el Deán
de Santa María del Darién con su paje Francisquillo, un
algebrista maestro en pegar huesos rotos, clérigos, bachilleres,
tres cristianos nuevos, y una Lucía, de color de pera cocha. En
eso del color, mejor hubiera sido no entrar en distingos, buscándose
matices de era cocida o no, porque Juan, en sus andanzas por el laberinto
bético, se asombraba ante el gran portento de los humanos colores.
Y no eran tan sólos negros horros que esperaban el día de
salir en las flotas, loros como brea o con el pellejo de berenjena; no
eran tan sólo las morenas del para cumbé, guineas alcojoladas,
mulatas de Zofalá, sino que se veían, en estas vísperas
de salida, muchog indios que aguardaban el regreso a sus patrias en el
séquito de prelados o capitanes, venidos a tratar negocios en la
Corte. El solo Chantre Mayor de Guatemala, que embarcaría en la
Flota, se traía tres criados, de color aceitunado, con las frentes
ceñidas por tiras bordadas, y una manta de lana espesa, con los
colores del arco iris, metida por la cabeza a modo de capisayo. Los tres
llevaban cruces al cuello, pero sabe Dios de qué paganismo hablarían,
en su idioma de respirar para dentro, que más soñaba protesta
de sordomudo que a lengua de cristiano había indios de la Española,
yucatecos que llevaban calzones blancos, y otros, de cabeza redonda, bocas
belfudas, y pelo espeso, cortado como a medida de cuenco, que eran de
la Tierra Firme, y hasta aparecían en misa, algunas veces, los
ocho mexicanos de la casa de Medina Sidonia, que habían tocado
chirimías -y muy diestramente, por cierto -en las fiestas dadas
para celebrar el encuentro de Doña María con el Príncipe
Felipe, en Salamanca. Todo aquel mundo alborotoso y raro, tornasolado
de telas gritonas, de abalorios y de plumas, donde no faltaban eunucos
de Argel, y esclavas moras con las caras marcadas al hierro, ponían
un estupendo olor de aventuras en las narices de Juan de Amberes. Y luego,
era la salmuera de los matalotajes, la brea de los calafates, las sardinas
salpresadas de las tabernas de vino blanco, el dado echado a todas horas,
y la endemoniada zarabanda que ya se bailaba en las casas del trato, donde
los marineros habían traído la costumbre de mascar una yerba
parda, que les teñía la saliva de amarillo, y ponía
en sus barbas un fuerte olor a regaliz, a vinagre, a especias, y a muchas
cosas más que no acababan de oler bien.
Y ya está Juan de Amberes en alta mar. No le dejan pasar a México,
porque el Consejo quiere gente para poblar comarcas empobrecidas por los
saqueos de piratas franceses, la falta de labradores, la mortandad de
los indios en las minas. Juan recibió la nueva con pataleos y blasfemias.
Pensó luego que era castigo de Dios, por no haber llegado hasta
Compostela. Pero a punto apareció el Indiano de la feria de Burgos
en el albergue de viajeros, para decirle que una vez cruzado el Mar Océano,
podría reírse de los oficiales del Consejo, pasando a donde
mejor le viniera en ganas, como hacían los más cazurros.
Y así, ya sin enojo, anda Juan redoblando el tambor en la cubierta
de su nave, para anunciar la carrera de cerdos que se hará en el
sollado, antes de que los animales caigan bajo el cuchillo del cocinero,
para ser salados. Queriéndose burlar el tedio de la calma chicha,
y olvidar que el agua de los barriles ya sabe a podrido, se corren cochinos,
se corren becerros, mientras todavía están en pie, en espera
de otras diversiones. Habrá, luego, la batalla de jeringas cargadas
de agua de mar; el palo atado a la cola del perro enfurecido, que romperá
más de una cabeza de un molinete; la busca, a ojos vendados, del
gallo apretado entre dos tablas, para zajarle la cabeza de un sablazo;
y cuando todo esto aburre y el dinero de los unos ha pasado a ser de otros,
diez veces, al juego de la quínola o el rentoy, se desatan las
fiebres, caen los de la insolación, hay quien deja los colmillos
en una galleta ya rumiada de ratones, pasa algún difunto por sobre
la borda, pare mellizos la negra lora, vomitan estos, se rascan los otros,
largan aquellos las entrañas, y cuando ya parece que no se aguanta
más, de pulgas de liendres, de mugre y hediondeces, grita el vigía,
una mañana, que por fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal
de La Habana. Era tiempo de llegar: el ingrato camino para alcanzar la
fortuna estaba cansando ya a Juan, a pesar de que peces voladores, vistos
algunos días antes, le hubieran parecido un portento anunciador
de Arpías Americanas y tierras de Jauja. Contento ahora, al mirar
un campanario esbelto sobre el hacinamiento de tejados y chozas de lo
que debe ser la ciudad, agarra los palillos y atruena el tambor con el
compás de la marcha que llevaba su compañía, cuando
entrara en Amberes a tomar cuarteles de invierno, para hacer la guerra
a los herejes, enemigos de nuestra santa religión.
VI
Pero allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van,
cartas que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles
hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros, sin
pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que la Flota
de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los patrones
de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y calumnias,
para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al vecino.
En el calor que envenena los humores, la humedad que todo lo pudre, los
zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los pies,
el despecho y la codicia de menudos beneficios -que grandes, allí,
no los hay- roen las almas. Quien sabe escribir no usa la merced en escribir
discursos de provecho, a la manera de los antiguos, alguna pastoral o
invención de regocijo para el Corpus, sino que se las pasa mandando
quejas al Rey, habladurías al Consejo, con la pluma mojada en tinta
de hiel. Mientras el Gobernador trata de desacreditar a los Oficiales
Reales en carta de ocho pliegos, el Obispo denuncia al Regidor por amancebado;
el Regidor al Obispo, por usurpar cargos de Inquisidor, no conferidos
por el Cardenal de Toledo; el Escribano Público acusa al Tesorero,
amigo del Alcalde, acusa al Escribano de pícaro y trapacero. Y
va la cadena, rompiendo siempre por lo más débil o lo más
forastero. A éste se denuncia de haber comprado hierbas de buen
querer a un negro brujo, a quien mandarán azotar en Cartagena de
Indias; al Pregonero, porque dicen que cometió el nefando pecado;
al Encomendero, por haber movido los linderos de un realengo; al Chantre,
por lujurioso; al Artillero por borracho, al Pertiguero por bujarrón.
El Barbero de la villa -bizco de daña con el solo mirar cruzado-
es la espernada de la cadena de infamias, afirmando que Doña Violante,
la esposa del antiguo gobernador, es zorra vieja que tiene comercio deshonesto
con sus esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San Cristóbal,
entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que
huelen a garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda
en el reino de este mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo
se le alegra el ánimo a Juan de Amberes, cuando llega gente marinera
de México o de la Española. Entonces, durante días,
recordando que fue soldado, roba a los carniceros un costillar que guisarán
entre varios, en salsa de achiote o polvo de chile traído de la
Veracruz -o ayuda a tumbar las puertas de las pescaderías, para
cargar con las cestas de pargos y jicoteas. En esos meses, a falta de
manjares más finos, Juan se ha aficionado a las novedad del jitomate,
la batata y la tuna. Se llena las narices de tabaco, y en días
de penurias -que son los más- moja su cazabe en melado de caña,
metiendo luego la cara en la jícara para lamerla mejor cuando la
tripulación de las flotas viene a tierra, se da a bailar con las
negras horras -de cara de Diablo para hacer tal oficio, donde tanto escasean
las hembras-, que tienen un corral de tablaje, con catres chinchosos,
junto a la dársena del carenero. Lo poco que gana tocando el atambor
cuando hay arco a la vista, encabezando alguna procesión, o tratando
de concertar a las zambas que tocan maracas en los Oficios de Calenda,
se lo gasta en el bodegón de un allegado del Gobernador, próximo
la Casa del Pan, que suele recibir, de tarde en tarde, barricas del peor
morapio. Pero aquí no puede hablarse de vino de Ciudad Real, ni
de Ribadavia, ni de Cazalla. El que le baja por el gaznate, esmerilándole
la lengua, es malo, agrio, y caro por añadidura, como todo lo que
de esta isla se trae. Se le pudren las ropas, se le enmohecen las armas,
le salen hongos a los documentos, y cuando alguna corroña es tirada
en medio de la calle, unos buitres negros, de cráneo pelado, le
destrenzan las tripas como cintas de Cruz de Mayo. Quien cae al agua de
la bahía es devorado por un pez gigante, ballena de Jonás,
con la boca entre el cuello y la panza, que allí llaman tiburón.
Hay arañas del tamaño de la rodela de una espada, culebras
de ocho palmos, escorpiones, plagas sin cuento. En fin, que cuando tintazo
avinagrado se le sube a la cabeza, Juan de Amberes maldice al hideputa
de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra roñosa, cuyo
escaso oro se ha ido, hace años, en las uñas de unos pocos.
De tanto lamentar su miseria en un calor le tiene el cuerpo ardido y la
piel como espolvoreada de arena roja, se le inflaman los hipocondrios,
se le torna pendenciero el ánimo, a semejanza de los vecinos de
la villa, cocinados en su maldad, y una noche de tinto mal subido, arremete
contra Jácome de Castellón, el genovés, por fullerías
de dados, y le larga una cuchillada que lo tumba, bañado en sangre,
sobre las ollas de una mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado
por la gritería de las negras que salen de sus cuartos abrochándose
las faldas, toma Juan un caballo que encuentra arrendado a una reja de
madera, y sale de la ciudad a todo galope, por el camino del astillero,
huyendo hacia donde se divisan, en días claros, las formas azules
de lomas cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado,
donde ocultarse de la justicia del Gobernador.
Durante varios días cabalga Juan de Amberes el rocín que
pierde las herraduras en tierra cada vez más fragosa. Ahora que
se dejaron atrás los últimos campos de caña, una
cordillera va creciendo a su derecha, con cerros de lomo redondeado, como
grandes perros dormidos bajo su lana de manigua. Siguiendo las orillas
de un arroyo que viene bajando a saltos, trayendo semillas y frutas podridas,
con altas malangas en los remansos y pececillos de ojos negros que titilan
a contracorriente, el fugitivo va subiendo hacia donde los árboles
cargan flores moradas, o se enferman, en la horquilla de un tronco, del
tumor de una comejenera hirviente de bichos. Hay matas que parecen vestidas
de cáscara de cebolla, y otras que cargan los nidos de enormes
ratas. Juan deja el caballo en el amarradero de un tronco de ceibo, pues
tendrá que trepar ahora por grandes piedras para alcanzar el filo
de la cordillera. Y ya baja hacia la otra vertiente, cuando clarea el
matorral, y se abre el mar a sus pies: un mar sin espuma, cuyas olas mueren,
con sordo embate, en las penumbras de socavones habitados por un trueno
de gravas rodadas. Al atardecer está en una playa cubierta de almejas,
donde unas vejigas irisadas mueren al sol, entre cáscaras de erizos
pomas leonadas y guamos grandes, de los que braman como toros. Juan se
hincha los pulmones de aire salobre, de brisa fresca que le llena los
ojos de lágrimas, al olerle a Sanlúcar el día de
la partida, y también a su desván de Amberes, con la pescadería
de abajo, cuando ladra un perro tras de los cocoteros, y ve el fugitivo,
al volverse, un hombre barbado que le apunta con un arcabuz:
-¡Soy calvinista! -dice, en tono de reto.
-¡Yo he matado!-responde Juan, para tratar de descender, en lo posible,
al nivel de quien acaba de confesar el peor crimen. El barbado afloja
el arma, lo contempla durante un rato, y llama por un Golomón -negro
de mejillas tasajeadas a cuchillo-, que cae de un árbol, casi encima
de Juan, y le baja el sombrero sobre la cara, con tal fuerza que la cabeza
se lo raja a media copa. Metido en la noche del fieltro, lo hacen caminar.
|
|